sábado, 28 de febrero de 2015

Adolescente.

En algunos momentos realmente pienso que soy otra persona diferente a la que era hace tan solo dos años. Dos años que al parecer pasaron tan rápido que no me di ni cuenta de que estaban sucediendo, de su olor, sus colores, sus voces, su forma de sentir la gravedad o la manera en la que se ordena mi mente. Desde aquí solo veo música, carcajadas, motivación y alguna que otra tarde escondida tras la puerta de madera desgastada con mucho miedo de contemplar lo que había fuera.
Pero ya nada es así.
Ya no soy ella.
Como tan feliz y despreocupada todo el tiempo, con el pelo hecho un desastre, la ropa más absurda que se pueda encontrar, un montón de amigos nuevos y cambios en la vida, pulseras ridículas, demasiados discos, acordes, medias rotas, frío, vista nublada, zapatos cerrados, calor, maquillaje corrido y meses enteros sin aprovechar nada en absoluto todo lo que tenía.
Todo esto no me hace olvidar que en el fondo habitaba alguien que estaba muy perdido, que se cree un espíritu libre, que el mundo está en su contra. Una cría que solo sabe lloriquear, quejarse, hacer todo lo que se le dice y lamentarse por cosas absurdas. Pero que a la vez está realmente confundida y necesita llamar la atención de no-se-sabe-quien haciendo tonterías enormes.
Alguien que nunca ha querido ni necesitado a nadie porque para ella todo eso está muy por debajo. Alguien muy mayor que jamás se va a arrepentir de sus ideas o comportamiento.
Pero vaya, un día me levanté y no era yo. Al menos esa yo.
De pronto me doy cuenta de que he dejado esa música a un lado, he dejado de intentar llamar la atención de alguien que no existe, he dejado de pensar que el universo está en mi contra, que estoy sola en el mundo y que soy la única en mi situación por simples convicciones sociales adolescentes.
Ya no siento tal entusiasmo por apenas nada de lo que suene a esa extraña y primera época.
Supongo que simplemente las cosas han cambiado, algunas para mejor y otras pues no.
Cómo me echo de menos a veces.